La vieja campana funesta suena,
el sol arrima y despliega sin freno
rostros cubiertos del frío sereno,
el blanco altar se desangra de pena,
gris y última palabra que envenena
más que el negro dolor que con refreno
toca la muerta puerta del ajeno,
el cuerpo y el alma se desordena.
Lluvia y lagrimas azotan el suelo,
hielan el alma que una vez fue vida,
otorgando así miedo y recelo.
Sobre el féretro la rosa perdida,
la hora llegaba pero sin anhelo,
¡Rosa de desgracia! allí, su caída.
No hay comentarios:
Publicar un comentario